miércoles, 16 de febrero de 2011

EL PÚBLICO ESPECTADOR


El espectador es ese bien preciado que las multinacionales se disputan y por el que están dispuestas a sobornar con tal de fidelizar. Un bien al que se estudia, se etiqueta, se contabiliza, se encasilla y se estereotipa. El espectador se ha convertido en objeto de deseo, al tiempo que muchos de sus ídolos lo ningunean. Pero el espectador conforma el espectáculo y le da sentido. El espectador es ese adicto al que no le debe faltar su dosis de teatralidad para que todo el entramado lo alimente y quede satisfecho; sin embargo, el sinsentido aparece cuando al público le falla la memoria, cuando pasa el tiempo y pierde la referencia de lo que ha visto. Si esto ocurre, nos podemos preguntar acerca de qué es lo que ha fallado: la concentración, la ausencia de placer o, simplemente, la falta de realismo que hace que no se produzca interactividad por ambas partes.

El sentimiento de vacío o perplejidad es lo peor que acontece a un público que acude a ver cuando tiene hambre, y que abandona el libro, la galería o la sala sin memoria de lo narrado, visto, vivido.

María, nos ilustró con su experiencia.

Gracias María.

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